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Monitos de Juanele

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Moquito y la Leyenda Colonial - reseña Extras
Moquito y la Leyenda Colonial - reseña

El cómic mexicano goza –quizá– de uno de sus momentos más saludables: no sólo por la osadía con que ahora se tocan temas coyunturales, sino también por la hondura que alcanza el género a través de estas exploraciones. México tiene una tradición rica de la historieta, que data de más de cincuenta años y cuenta con referentes que están en el imaginario colectivo. Sin embargo, los dibujantes aún caminan por senderos pedregosos –un panorama compartido con los cuentistas–. Por eso, lo primero que celebro es la aparición del Festival de Cómic Marambo, y lo segundo, la edición de un título que contiene todos los elementos para volverse un clásico nacional.

            Con un trazo maestro, Moquito y la leyenda colonial, de Juanele (CDMX, 1982), se aboca a una fórmula infalible para los lectores que amamos las historias: la del abuelo y su nieto que se lanzan a la aventura, una fórmula que tanto nos recuerda a don Quijote y Sancho Panza, como a la abuela de Las brujas o al abuelo de Charlie y la fábrica de chocolates, de Roal Dalh, en cuyos casos ayudan a sus nietos a salir del universo de la magia; por supuesto, existen guiños evidentes a Heidi y, con la presencia de « Pellito », la mascota de Moquito (el niño protagonista), a Tintín y a su inseparable Fox Terrier llamado Milú. Y, en un terreno más actual, Juanele también saluda a Rick and Morty. 

Atenuada por un humor fino, la vida de Moquito no es distinta a la de miles de niños en el mundo, pero sobre todo –y en ello enfatiza el narrador de esta novela– en el México de hoy. Vive en un apartamento. Su madre tiene que trabajar, del padre no se sabe nada y el abuelo parece la única opción para cuidarlo. Este lazo, determinado un tanto por el contexto y otro poco por la empatía casi universal entre los abuelos y los nietos, da cuenta de un símbolo que se ve reflejado en la historia.

El pasado y el presente se entrelazan y los polos de la vida parecen compartir cierta vulnerabilidad. Tanto Moquito como su abuelo son víctimas de nuestra época. Por eso, su relación es, antes que todo, una cuestión del tiempo real, aunque se desarrolle en el marco de sucesos fantásticos. Los abuelos son nuestra conexión inmediata con el pasado. El abuelo de Moquito es una puerta hacia el México antiguo. Es él quien lo lleva al descubrimiento de un relicario que perteneció a un vizconde del siglo XVIII, pero no es sino la curiosidad de Moquito la que desata esta aventura.

Para comprender la importancia de este objeto es necesario retroceder dos siglos y ser testigos de la ambición por la vida eterna de don Manuel, el mejor amigo del vizconde, quien, con tal de lograr dicho fin, lo asesina y ofrece el corazón de éste a una extraña y mexicanísima deidad, cuya figura es la de un guajolote gigante, equivalente al diablo, llamado Guajocoatl. El deseo es concedido no sin algunas reservas; a partir de entonces, el espíritu del vizconde deambulará, preso en otra dimensión, clamando justicia. Una tarea de la que se encargarán el abuelo y Moquito. Como suele pasar, es un problema en el que se meten sin querer, pero que afrontan porque a partir de que lo desvelan, se vuelve suyo. Ése es un rasgo que habla de los personajes de Juanele: son nobles, y no es extraño que se trate de un anciano y un niño.

Dado que la novela está basada en la leyenda de don Manuel de Solórzano, y que es una historia de fantasmas, me resulta natural que suceda en la Ciudad de México (la ciudad de los palazos, la llama Juanele), una geografía que, como dice Bernardo Esquinca, se entiende principalmente por sus mitos. Sin embargo, Juanele no la exime de su realidad: el esmog, los puestos de tamales, la venta de discos piratas, las conglomeraciones insoportables, los edificios viejos, la faramalla de los políticos, los días intransitables, los mercados. Todos están presentes. Pero es la fauna citadina la que viene a cumplir un papel fundamental en la historia: las ratas, las cucarachas y las arañas fungen como aliados del abuelo y de Moquito, y en cada escenario son sus voces o sus acciones las que determinan una solución. Esto no sólo es sumamente atractivo, sino también generoso: Juanele nos da el poder de escuchar los pensamientos de los animales.

Moquito y la leyenda colonial (publicada por Resistencia, casa editorial de Juanele, cuyo trabajo independiente y trayectoria en la difusión del cómic ha sido notable), además de ser una obra divertida, es una novela gráfica de gran manufactura, que se salta las fronteras de los lectores con o sin experiencia. Son el amor y la justicia los que mueven los hilos de la trama, pero de ninguna manera con fines aleccionadores.

Puesto que, como dije, Moquito es un personaje de nuestro tiempo, me entusiasma la idea de otras aventuras, saber qué pasará, por ejemplo, cuando descubra Internet o cuando entre a la escuela o cuando se mude de apartamento. No lo sé, y me inquieta. Por ahora, vale la pena sumergirse en esta entrega que se encarga de recordarnos que las historietas son portales del tiempo y de la imaginación.      

Roberto Abad

Twitter: @ROA07

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